«Shame»: el brutal rostro de una discutida adicción

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La primera vez que vi una película de Steve McQueen, este director, me dejó tanto tiempo en estado de stand by que casi les diría me preparé psicológicamente para ver la segunda. Hunger, el debut tanto de él como director como de Fassbender de protagonista era una película visceral, una idea de que el sufrimiento lo sentías como parte de lo que estabas viendo y es poderosísima. En la misma medida, te afecta de sobremanera.

Es inevitable la comparación y medir una tratativa con otra. Hunger era más sobre un conjunto de gente, un conjunto de situaciones, un conjunto de acciones que formaban una causa y como tal, es perfecta. Shame, sin embargo, casi no tiene personajes y está absolutamente centrada en ellos. Es mucho más individualista sin ser intimista, lo que permite que se luzcan los actores por sobre la historia.

Shame se enfoca en la vida de Brandon (Fassbender), un ejecutivo (aparentemente) de Manhatthan que es un corredor nocturno, tiene un departamento que no puede parecer un hogar (espacios fríos, no hay colores vivos), gusta de la música y tiene una vida social importante pero también sufre de adicción al sexo. Esto significa que el hombre no puede siquiera soportar una jornada laboral sin escaparse al baño a masturbarse.


Como todo adicto, él cree estar en control. Imagínense cómo tambalea su mundo cuando su hermana, Sissy (una estupenda Carey Mulligan) se instala en su casa. Sissy lo enoja, lo hace sentir acorralado y mientras tanto vemos a una joven que ha sido errática el 90% de su vida, que no logra encontrar su norte, necesitada de amor y es capaz de darse a cualquiera con tal de tenerlo, de sentir que pertenece a algo o a alguien y coquetea con el suicidio por la facilidad que tiene para lastimarse. Una tendencia al masoquismo que la deja, a mi criterio, vulnerable todo el tiempo pero que vuelve a fortalecerse al poco tiempo.

El sexo sigue siendo un tabú hasta el día de hoy. Me lo demuestra la reacción de la gente en la sala ante un desnudo o ante una escena de sexo explícita y en estos puntos es donde la película gana: no es nada erótica. Es angustiante. Tiene algo de demasiado real que, en la piel de los protagonistas, termina siendo sórdida, de esas películas que te reís de un chiste pavo con tal de descargar tensión.


Ahora voy a hablar de lo que a mí me pierde de esta película y es la cinematografía. ¡Cómo filma ese hombre! Planos sugerentes de pies coqueteando con el borde del andén, planos de más de 30 segundos donde se ve un rostro a partir de sus cejas cantando una versión casi desgarradora de New York New York, un mensaje de contestador que se escucha en el peor momento y causa un efecto tan desesperante que no puede pasarse por alto.

Y qué decir de los actores. Carey Mulligan aparece como contraposición a Brandon y también es lo que le da un contexto a ese personaje, que permite entender de dónde viene. Fassbender es el amo y señor de este film, que cada vez que pensamos que ha llegado a un punto bajo, hay otro más bajo que lo hace agonizar con cada orgasmo.

Muchos lo han comparado con el Brando de “El último tango en París”, personalmente me parece mejor la comparación con Nicholas Cage en “Adiós a Las Vegas” por la tratativa al personaje pero les puedo asegurar que no hay muchos precedentes para lo que hace este hombre en pantalla.

Ojo que después de verla, uno sale mirando el piso en silencio por un rato largo.

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