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«Showroom»: Divino progreso

Tiempo de lectura: 6 minutos

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Capitalismo salvaje. Aquello que nos pone siempre una zanahoria adelante para que la persigamos; y cuando la alcanzamos, aparece otra zanahoria y tenemos que volver a hacer lo imposible para alcanzarla. Hacer lo imposible, eso lo sabe bien Diego (Diego Peretti), conflictuado protagonista de Showroom, debut en la dirección ficcional del hasta ahora documentalista Fernando Molnar.

Diego es el empleado estrella de una empresa de eventos. Él es al que no se le escapa ningún detalle y dirige la batuta en el lugar, todo está en orden gracias a su gestión, la cual también incluye por lo que vemos en la primera escena, un sistema de control de posibles daños. Pero la empresa cierra, y Diego pierde el trabajo, y ya no está en la flor de la juventud. Peor aún, no solo pierde el trabajo, peligra su status de vida. Casado y con una hija, el hombre intenta tapar los baches inútilmente, no quiere resignarse a perder a los amigos del club house, el colegio privado de su hija, las clases de hockey de la misma, ni menos ese coqueto departamento en el que viven. Pero el trabajo no aparece y sólo ve puertas que se cierran.

La única puerta que se abre una y otra vez es la de su tío (Roberto Catarineu), hombre de una posición más instalada que él, dedicado a los bienes raíces, le ofrece una posibilidad. Por un lado, antes de ser desalojado, puede ir a vivir a una casa en el Tigre que el hombre no utiliza (perfectamente podríamos hablar de un capítulo de la excelente y reciente serie televisiva La Casa), y además le ofrece un trabajo para vender departamentos en una torre en construcción en Palermo. No es cuestión de negar las oportunidades, hacia allí va Diego con su familia, que en un principio parece intolerablemente reticente a la idea de vivir en esa casa a la cual el tiempo no le pasó en vano y rodeado de un ambiente que no es el de ellos.

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También acepta el trabajo, por lo cual todos los días, Diego deberá viajar desde el Tigre a Palermo para vender el sueño que él anhelaba para su vida y el cuál se le escurrió de las manos. Producida por Magoya Films, esto no es un dato menor, hablamos de una productora cuyos responsables son los directores Nicolás Battle, Sebastián Schindel y el propio Molnar. Los tres compartieron un interesante camino en conjunto como documentalistas, y no es casualidad que Schindel (también de la mano de Magoya, por supuesto) al igual que Molnar haya debutado en la ficción este año con un film como «El patrón».

A primera vista, no hay demasiados puntos en común entre ambas películas, pero hilando un poco más fino, veremos que no solo comparten producción y dos de sus excelentes actrices (Andrea Garrote y Victoria Raposo), su temática, en cierto punto, parecen dos aspectos de un mismo factor, el capitalismo explotador. Si en El patrón, Hermógenes era un humilde campesino en la ciudad esclavizado por su despótico empleador que lo trataba como a una cosa; en Showroom, es el sistema el que explota a Diego, lo trata como a un elemento más, le ofrece algo que no puede tener, pero que debe anhelar para, aunque sea de fantasía, seguir perteneciendo. Diego es su propio esclavizador.

Está dispuesto a lo que sea para volver a recuperar su posición, se exige más y más, entra en una competencia sin sentido con un colega, deja de ver a su familia, se aparta de los obreros con los que antes compartía los ratos de distención. La única manera de escalar es pisando cabezas que nos permitan elevarnos. Dentro de un mensaje realmente duro, Molnar elige un tono que bordea ciertos puntos de comedia y de pequeña anécdota.

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Su mirada es más bien intimista, con un cámara que sigue a su protagonista en todo momento, como si el resto de los personajes fuesen aleatorios que se va cruzando, es más algunos planos escogidos, no de manera inocente, nos hace pensar que el mismo Diego tiene puesta una cámara consigo que la lleva a todos lados.

Primeros planos, planos detalle, en movimiento, mucho naturalismo sucio. El mensaje rara vez será directo, se prefiere inteligentemente la sutileza y las metáforas, plagado de diálogos que parecen no decir nada pero dejan entrever mucho. El alrededor va mutando y Diego no lo percibe, está aferrado a uñas y dientes a ese sueño que cada vez le exige más. En este punto de emociones cambiantes, las interpretaciones son fundamentales, y a la ya acostumbrada solvencia interpretativa de Peretti (que acá se luce en una suerte de personaje del neorrealismo) se deben sumar las correctas intervenciones de Roberto Catarineu – como una suerte de voz de la conciencia endiablada – y Andrea Garrote como la esposa y sostén emocional cada vez más alejado.

«Showroom» posee un término medio, entre el cine popular y algo más íntimo y particular, quizás no sea abiertamente un cine de masas, tampoco llega a ser algo “sectario”, críptico. Su estilo es el de los films en los que parece que poco pasa, pero a medida que avanza intuimos que por detrás sucede más de lo que pensábamos, y más aún, horas, días después de verla, queda impregnada en el recuerdo como algo contundente, con ideas bien claras. Sin dudas, es un excelente debut en la ficción para un director ya consagrado en lo documental social, el secreto quizás sea el no haber abandonado sus temáticas.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

Es necesario advertir a los más incautos que tras su fachada de venta de comedia “Showroom” (Argentina, 2015), de Fernando Molnar, es una película de una profunda tristeza y nostalgia, sobre algo que fue, algo que será y algo que nunca podrá ser nuevamente lo que fue.

Detrás de este casi trabalenguas, la aclaración que muestra es más que nada para desenmascarar la estrategia comercial que puede llegar a opacar la verdadera naturaleza de la película. Tas su impronta de comedia simpática “Showroom” esconde un profundo análisis sobre el cambio de las personas y la crisis económica actual, que se desata en el microuniverso de Diego (Diego Peretti) cuando su mundo cambia de un momento al otro al encontrarse una situación desesperante.

Deberá no sólo pedir ayuda a sus familiares sino que además tendrá que aceptar por parte de uno de estos una propuesta económica y comercial que lo colocará en un lugar en el que nunca se había imaginado.

Al ser despedido de su trabajo, de organizador de eventos, Diego tendrá que calzarse una vez más el traje de vendedor e instalarse en el Tigre con su familia momentáneamente con las esperanzas de poder volver a vivir en Buenos Aires algún día.

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Diariamente deberá viajar para poder asistir a su nuevo trabajo como vendedor de departamentos de un edificio en construcción, con miles de promesas para los posibles compradores y con muchas más preguntas que las respuestas que pueda dar.

Diego se esforzará en un ambiente solitario y hostil para conseguir vender todas las unidades del edificio para poder así comisionar y poder saldar todas sus deudas. Pero mientras él se adapta al trajín diario y la rutina, su mujer e hija, irán entremezclándose con los lugareños del Tigre y comprenderá que hay un mundo totalmente ajeno al de ellos (hasta ese momento) que pude también generarle una oportunidad de cambio.

Todo marchará sobre ruedas, pese al inhóspito hogar en el Tigre, a las incomodidades diarias para llegar al centro porteño y hasta el poder llegar acicalado al trabajo, hasta que su tío (Roberto Catarineu), su jefe, decidirá contratar a otro vendedor para terminar más rápido la tarea de vender.

Ahí Diego comprende que nuevamente su status puede ser revocado, y todo aquello que posee en ese momento, una vez más, como ya le pasó, puede desaparecer.

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La película, con un brillante guion de Molnar, que refuerza determinado aspecto contemplatorio, quizás por el pasado del director como realizador documental, tuvo una primera versión a cargo de Sergio Bizzio y Lucía Puenzo, El filme deambulará en el borde justo entre la comedia y el drama, para, en determinado momento, exacerbar el patetismo en el que el protagonista termina cayendo.

Porque qué es sino este trabajo más que una oportunidad que un calvario, en el que deberá Diego sortear obstáculos que se escapan a cualquier relación de dependencia laboral tradicional, permitiendo la humillación hasta el punto de negarse la posibilidad de permanecer junto a su familia en momentos claves y días de descanso.

“Showroom” nos muestra de una manera honesta y directa el deterioro de las relaciones laborales y la discriminación a la que se puede llegar a caer cuando una persona de más de 40 años quiere volver a insertarse en actividad. También demuestra la capacidad de adaptación y transformación de las personas pese al clima adverso en el que se pueden llegar a manejar. “Showroom” habla de una realidad cercana y quizás por eso duele, con un final de antología que termina demostrando que nada ni nadie tiene su futuro comprado.

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