«The Campaigne» (Locos por los votos): la NCA se instala en la urna

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Hay películas que por su temática y desarrollo deberían ser exhibidas sólo en su país de origen, o en su defecto en países con los que comparta ciertos puntos en común. Uno no se imagina una exhibición comercial en EE.UU. de, por ejemplo, Revolución: El Cruce de los Andes, o el documental Yo, Presidente; así como en otros países fue un desperdicio estrenar films como El Patriota. Algo similar ocurre en Locos por los votos; hay dos maneras de ver al nuevo film de Jay Roach (Austin Powers, La Familia de mi novia), y una de ellas es (o debería ser) de exclusivo interés de los norteamericanos.
La historia se sitúa en Carolina del Norte donde Cam Brady (Will Ferrell) pretende ser electo por quinta vez como congresista del cuarto distrito. La elección parece sencilla, nunca a contado con ningún oponente, y esta vez no es la excepción. No obstante, un escándalo sexual con una voluntaria complica las cosas. Dos hermanos empresarios (John Lithgow y Dan Aykroyd) ven la oportunidad de beneficiarse económicamente, y aprovechan la oportunidad para candidatear al director de turismo del pueblo, a su vez hijo de uno de sus socios, Marty Huggins (Zach Galifianakis).
Al principio Cam no verá en Marty, un hombre extremadamente simple, familiar, externo a la política y pueblerino; a un verdadero oponente. Pero las cosas empiezan a complicarse para Cam, y ahí comienza una campaña salvaje en donde todo puede salirse de eje.
Si uno leyera este argumento sin saber quiénes son los actores, y cuáles son sus antecedentes, podría esperar encontrarse con una de esas alegorías políticas que Hollywood realizaba en los años setenta u ochenta, una cruda mirada a la política interna. Sin embargo, estamos frente a un exponente de la llamada Nueva Comedia Americana (que ya no es tan nueva), y por lo tanto, el estilo anterior queda enmascarado, que no es lo mismo que desaparecer.
No importa si son demócratas o republicanos, el mensaje político y patriótico está a la orden del día. Esto podría interpretarse como una manera de burlarse de sus políticos, o como una bajada de línea sobre la importancia de su país sobre el mundo, lo beneficioso de su sistema electoral (más allá de contar de a cuatro o cinco banderas, banderitas, escarapelas, y demás por fotograma).
El resto, es lo esperado, la comedia funciona a motor de las interpretaciones (no sólo de los dos protagonistas), y el guión les ofrece un gag atrás del otro y de todo tipo de calibre. En ese sentido, si se es adepto a la comedia un poco escatológica, vamos a pasar un rato muy divertido.

Ferrell y Galifianakis encuentran un término medio para el tipo de humor diferente que cada uno realiza, y así, los “admiradores” de cada uno saldrán ambos satisfechos.
Si uno puede disfrutar de esta película como una simple comedia (que posiblemente es lo que estemos buscando afuera de su país de origen) el entretenimiento está servido y es amplio; el secreto está en no analizarla.
Ahora si lo que se busca es una mezcla de ambas cosas, y uno está interesado en descubrir algo de la política estadounidense, hay que decirlo, Jay Roach (que también realizó el telefilm Game’s Changing con Julianne Moore como Sarah Palin) no es Barry Levinson ni Alan J. Packula; su aparente crítica al sistema no lo es tanto (casi al estilo Robert Redford);  y hay más aire de oportunismo por las próximas elecciones que de rebeldía política, es poco lo que se va a aprender.
Ferrell, Galifianakis, y Roach parecen con esta película más que querer adoctrinarnos en su política o mostrarnos su patriotismo, demostrarle a lo más alto de Hollywood que pueden ser parte de su sistema. Locos por los Votos funciona como una perfecta introducción de la Nueva Comedia Irreverente al mainstream, y cuando eso sucede, ya se sabe, algo hay que ceder.

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