«The collection»: Placeres carnales

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Cuando en 2004 se estrenó «El juego del miedo» («Saw») comenzó una nueva moda en el cine de terror estadounidense, un estilo que luego se conocería (críticamente) como porno tortura, el de las películas que enrostran en primer plano muertes y torturas terribles con la sólo excusa de ver cuerpos perforados, despedazados porque sí. Película tras película (la mencionada, inexplicablemente consiguió seis secuelas) el argumento se iba reduciendo en pos de exponer cada vez más escenas presumiblemente impresionables. A El Juego… le siguieron Hostel, Los ojos del mal (la de la WWF, no la de Jessica Alba), y en 2009 The Collector/El juego del terror, primera parte de la película que nos ocupa hoy día, Juegos de Muerte.

 Lo primero que hay que decir es que no se entiende la decisión de un título local que esconde su condición de secuela; ya que esta nueva entrega comienza directamente donde termino su original y es casi indispensable haberla visto para poder entender algo de la mínima historia.

Arkin (Josh “cara de nada” Stewart), el sobreviviente de aquella primer masacre escapa del secuestro al que el asesino enmascarado lo había sometido en el final de la anterior. Cuando se está recuperando en el Hospital, es visitado por un grupo parapolicial (o algo así) que debe rescatar a una joven, Elena (Emma Fitzpatrick) la nueva secuestrada de El Coleccionista. Arkin duda pero acepta, su captor le dejó un mensaje, iría por su familia.

Sin ninguna vuelta, el grupo armado acompañado del héroe llegan hasta el lugar en donde el asesino mantiene a sus secuestrados, un hotel abandonado lleno de trampas que le sirve de secreta guarida. Lo que sigue es lo obvio, un desfile de fichas de dominó que van cayendo uno a uno sin demasiada lógica ni esfuerzo.

Lo llamativo de esta saga (que amenaza con continuar) es la poca verosimilitud, el desdén por buscar alguna excusa, la falta total de un móvil/motivo. Las escenas previas a comenzar con las muertes y las que sirven como conectores se manejan de manera rápida, apurada, descuidada, como si no se viera la hora de mostrar otra tortura.

El poco desarrollo de los personajes se hace muy notorio en la figura del maniático, algo que ya había sucedido en la primer entrega, no se sabe nada de él, quién es, por qué hace lo que hace, cómo lo hace, cómo llega a los lugares, cómo y por qué elige a sus víctimas, nada; es solo un loco suelto. En esta oportunidad, al contrario de aclarar algún dato, se le agregan más “excentricidades” ya no sólo no se sabe qué es “la colección”, sino que ahora gusta de hacer unos experimentos aún más extraños, todo sin explicación.

Tampoco entendemos como arma los enormes dispositivos para llevar a cabo sus planes en lugares continuamente ocupados como una casa de familia o un boliche (la escena en la Disco es sencillamente imposible de ser tomada en serio). Ni menos aún hay una lógica en ver cómo algunos zafan de sus trampas y otros caen tontamente en el lugar justo.

Así es como están las cosas, The Collection es otro muestrario de agonías y decesos, y así es como se la analiza, dividiéndola en las escenas específicas de cada muerte.

Por ahí anda dando vueltas Christopher McDonald, que supo hacer glorias mucho mejores, como el padre de Elena en un personaje que al principio pareciera prometer más.

Indudablemente, estas películas tienen su público, y habrá quienes disfruten de las “ingeniosas” formas de rasurar la carne ensangrentada; en este punto se hace incuestionable; la película les entregará lo que quieren ver, torturas cada vez más cruentas y un clima sucio, pegajoso, acorde con el común de todos estos films, similar al del matadero de un frigorífico. Este público difícil salga decepcionado, y en definitiva la película está pensada para ellos, dudo que alguien entre a Juegos de Muerte buscando una historia de amor; tal vez, algo de suspenso, tensión, miedo real, eso deberán buscarlo por otro lado.

 

 

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