«Transformers 3»: los juguetes de Michael Bay abruman pero ya no entretienen

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Cuando hablamos de una saga que llega a su tercera entrega, ya sabemos que a la industria el film le cerró. La idea puede estar buena o no , pero fundamentalmente los números dan y entonces, seguimos produciendo porque la rueda gira y la recaudación tienta. «Transformers», la primera, fue realmente original porque salir del universo de Hasbro para crear estos autos-máquinas de guerra y darles vida en algún relato que se pueda digerir, fue un hallazgo. Yo no soy fan de estos vehículos pero si reconozco que el ángel de Shia LeBouf, la sensualidad de Megan Fox y las escenas de metálica y furiosa acción llamaban la atención. Cuando ví la segunda, me costó no verla como un producto forzado, hecho exclusivamente para recaudar y al salir de la tercera, me terminé de convencer que esto no da para más y a no ser que sean espectadores muy livianos (de esos que no van mucho al cine pero abarrotan los complejos en vacaciones de invierno solamente, por ejemplo), les costará irse satisfechos del cine. «Transformers 3» tira por la borda el trabajo bien hecho en la primera parte y profundiza la falta de ideas de la segunda, llevando a tener que generar una escena final de 50 minutos, copiada de otra película.

Advertencia: ustedes saben que yo siempre cuento demasiado del argumento de una película aunque nunca el final. Aquí, habrá alusiones al cierre de la película por lo cual, si quieren verla sí o sí, debo advertirles que dejen de leer. Es lo que dicen en la jerga, una post-crítica. Nunca me gustó separarlas (pre-críticas es cuando no contiene mucho que revele el argumento), porque mi estilo para escribir fluctúa según mi ánimo pero no puedo evitar hacer referencia a todo lo que destruye Michael Bay para que el film evite hundirse en las frías aguas del río que atraviesa Chicago (el que desemboca en el lago Michigan) luego de abrumadores 157 minutos…

Veamos, ideas había pocas. Así como la última X-Men se apoya en un contexto histórico específico para su desarrollo (la crisis de los misiles con Cuba durante la presidencia de Kennedy, recuerdan?), Bay toma la llegada del hombre a la luna en 1969 como punto de partida para la construcción de una historia tan farragosa y absurda que ya, de movida, le daba poco margen para maniobrar. Cuando los primeros astronautas americanos pisan la luna tienen un período en que pierden comunicación con la Tierra, por encontrarse en el otro lado del satélite. Ahí es donde inserta el génesis de la trama: el líder de los Autobots yace muerto dentro de una nave que tiene importante tecnología alienígena que podría servir para la humanidad. En ese momento, la NASA guarda el secreto y suspende los viajes hacia la luna para proteger esa información. Sentinel Prime era el sabio y regente del mundo destruído de los autobots, por lo que cuando sus semejantes se dan cuenta de su paradero, irán junto con Inteligencia Militar a la luna a traerlo de vuelta. Claro, el tema es que en esa nave hay celdas de poder (como cristales) que abren portales dimensionales de cuidado. Ellos podrían usarse para teletransportar cualquier cosa. Cualquier cosa. Incluso un planeta entero.

Mientras los militares se entretienen con este problema, Sam Witwichty (LeBouf) está desempleado. Sí, tiene una medalla que le dio Obama, pero… Ya saben. Conseguir trabajo en este mundo posmoderno es difícil. Mirá sino él, salvó dos veces a la tierra de la destrucción y termina en una compañía siendo maltratado por un empleador (extraña participación de John Malcovich en un rol que no entiendo aún) quien lo ubica como mensajero. Si, Sam reparte el correo. Pero no todas son malas… Bueno, para el espectador sí. Megan Fox rechazó subirse de vuelta a la saga y es reemplazada por una bonita pero inexpresiva Rosie Huntington-Whiteley, como la nueva novia del chico bueno. Su personaje es Carly, una empleada curvilínea que atrae todas las miradas por su belleza y juventud pero que no aporta NADA al film, (con lo que este necesita!). Sam no participa del trabajo militar con los Autobots y cuando hay un atentado en su empresa, empieza a atar cabos y decide buscar al equipo especial que opera con ellos para avisarle. Aparecerá en escena Mearing (Frances McDormand, quien no entiendo tampoco que hace aquí), responsable final del cuadro de inteligencia que esquivará que él participe. En esa vuelta, los Decepticons vuelven y vienen por todo. Hasta la hora y media, el film navega en secuencias intrascendentes y pobres aunque con un gran despliegue de animación visual.

Pero cuando los extraterrestres malos toman la ciudad de Chicago y se atricheran en ella, la película se va al tacho.

Bay parece que vió «Battle LA» y le gustó y dijo, «por qué no seguir su final?». «Total, al público le gustan las escenas de acción».

Ahí perdimos los que teníamos alguna esperanza de que la cinta se reestructurara en el cierre. Casi una hora transcurre para salir de esa escena agotadora donde sólo miraba la puerta todo el tiempo. Un exceso de efectos, acumulados y torpes, entierran cualquier tipo de rescate de esta tercera parte. LeBouf, debo reconocer, hace de todo por el film, lo vive en carne propia, pero su despliegue corporal no alcanza para sostener todo el metraje. No es un actor de raza y se le nota. Encima, le toca estar solo (actoralmente) ya que nadie sintoniza su frecuencia.

Desde lo técnico, quizás «Transformers 3» sea potable, pero no deja de ser un producto mediocre. Un guión chato emparchado con guiños a otros productos también malos. No se me ocurre casi nada bueno para decir. Será, sencillamente, porque este film no lo tiene.

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