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«Tusen ganger god natt» (Mil veces buenas noches): la adicción detrás de la obsesión

Tiempo de lectura: 5 minutos

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Coproducida entre varios países y con director noruego (Erik Poppe), «Mil veces buenas noches» es una película que data del año 2013 y recién ahora encuentra un pequeño lugar en nuestra cartelera. Protagonizada por Juliette Binoche y Nikolaj Coster-Waldau, el film se centra en una fotógrafa de prensa de zonas de conflicto que termina en el hospital tras detonar una bomba donde ella se encontraba trabajando, justo después de incluso tomar su cámara manchada de sangre y seguir disparando.

Éste es el punto de partida para una historia que muestra a su protagonista intentando llevar una vida normal con su familia, pero a quien su trabajo no deja de llamarla aún después de poner en peligro su vida. “No soy buena en esto, la vida, ser normal. Tal vez esté loca”, dice. Rebecca parece tener mucho del sargento William James (Jeremy Renner en «The Hurt Locker»), una persona que no se hallaba en la cotidianeidad de su hogar junto a su pareja e hijos, sino que sólo se sentía él mismo cuando estaba desarmando bombas.

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Rebecca no puede disfrutar de su hogar por más que, presionada por su marido principalmente, intente quedarse allí de manera definitiva. Porque siente rabia y sólo puede expresarla a través de las fotografías que saca. Intenta hacerse creer que no es ella quien lo necesita, sino el mundo. “El mundo necesita ver los sufrimientos, el dolor, lo que sucede”. “Lo haces por la adrenalina y el peligro”, le contesta su amiga.

“Tomar fotos fue mi salvación, podía expresar mis emociones, me calmaba”, le explica a su hija en otro momento de la película. Y es con esta hija, su hija mayor, con quien tiene el conflicto principal. Porque parece ser ella quien ve más allá. Es quien sufre en silencio el temor a perder a su madre, pero a la vez la admira y en algún momento intenta ser como ella, hasta que la “ella” a la que ve trabajando le da terror.

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Si bien el film no juzga directamente el muchas veces tratado tópico de la ética en trabajos como este, en el hecho de que alguien se pare a fotografiar a una persona agonizando, o ya fallecida, lo cierto es que en algún momento las cosas comienzan a ponérsele en contra suya. Cada vez se entiende menos con sus hijas, con su marido, quien apenas puede mirarla. Sin embargo no hay duda de que su mejor espejo es su hija mayor, quien, del modo más doloroso, le hace ver cómo son las cosas realmente.

La película no es lo más original ni interesante pero es un melodrama bien realizado y sobre todo magistralmente actuado por ese pedazo de actriz que es Juliette Binoche, capaz de interpretar fortaleza, soltura e inmediatamente mucha fragilidad. Es cierto que apunta a recursos obvios que terminan subrayando lo que se quiere decir pero es un film correcto que vale la pena mirar.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

Algo potente le sucede a Rebecca (Juliette Binoche) la protagonista de “Mil veces buenas noches” (Irlanda, Noruega, Suecia 2013) cuando debe decidir el destino de su vida. Y eso no porque ella no sepa cuál es su prioridad, o que no ame a su familia, todo lo contrario, pero en este filme, el cuarto de Erik Poppe, la posibilidad de cambiar el futuro con una simple determinación es lo que impregnará la película y le otorgará a la actriz otro de sus grandes protagónicos.

Analizando de manera superficial la gravedad en la que conviven millones de refugiados en el mundo, Poppe trabaja sobre la idea de la posibilidad de torcer el rumbo de los hechos, el de los occidentales (claro, no la dura vida de los postergados), para luego trascender en una historia que, pese a su previsibilidad, sobre todo luego de una primera parte intensa y emotiva, honda y dolorosa, va ganando en tensión desde el momento que Rebecca vuelve a su hogar, obligada, luego de asistir a un hecho terrorista en tierras tan ajenas al común de las personas.

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Desencajada, desubicada, perdida, sin poder aferrarse a los suyos, la cabeza de Rebecca deambula entre el obvio enojo y frustración, por tener que postergar a la fuerza su carrera, pero cuando el amor vuelve a través de la compasión a ganar terreno en su vida, la eterna contradicción entre ser y el deber ser es lo marcará el hilo narrativo de la historia.

Volviendo a encontrarse con su familia, con un marido (Nikolaj Coster-Waldau) que le reclama el lugar que nunca supo ocupar, y pese a que él es consciente del espacio que le otorgó, con dos hijas a las que ya ni sabe cómo tratar, y con particularmente una relación de amor odio con la mayor de éstas (Lauryn Canny), por cercanía, por sentimientos parecidos entre ambas, a Rebecca le comienza a pesar el interludio de su vida como una carga que la acecha.

Mintiéndose a sí misma, creyendo que asegurándole a los suyos que el campo de batalla o la zona de conflicto no serán nuevamente el espacio para que ella siga desarrollando su profesión (fotógrafa), la mujer va avanzando en la cotidianeidad que el confort y el bienestar le va presentando, pero que una vez más la acecha con aburrimiento y la inexplicable necesidad de discutir con todo el mundo por banalidades que hasta hace días ella ni pensaba. Porque justamente el gran trabajo de Popper como guionista y director es poder bucear en la contradicción interna de una mujer que hace tiempo dejó de estar conectada con el otro desde el lado más simple de la vida.

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Su conexión se genera desde una cámara que puede alertar a los demás sobre las injusticias y verdades más dolorosas, pero que en el fondo no hacen, claro está, a la convivencia y a las necesidades afectivas de su marido e hijas. “Mil veces buenas noches” es una película que invita a la reflexión a partir de un momento decisivo en la vida de una mujer, que quiere seguir creciendo profesionalmente y sacar de la comodidad al común de la gente, pero que busca de alguna manera, conectarse con los suyos para trascender una barrera que le imposibilita amar, ser madre y, principalmente, ser mujer.

Los planos estilizados, un prólogo casi sin palabras, una narración permeable a la sorpresa, pero que prefiere el minimalismo como punto de quiebre para adelantar la acción, son algunos de los puntos más altos de un filme doloroso, intenso, épico, en el que una mujer busca su verdadera identidad y lugar de pertenencia sin saber cuánto tiempo más podrá mentirse a sí misma.

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