«The Night House» (La casa oscura): habitar el duelo

Tiempo de lectura: 3 minutos

En su película anterior, El Ritual, David Bruckner agarraba diferentes tópicos y recursos propios del género de terror y le encontraba una pequeña vuelta que lograba diferenciarla de tantas otras. Con La casa oscura sucede lo mismo. En este caso, la historia escrita por Ben Collins y Luke Piotrowski comienza con Beth, una mujer demasiado joven para ser viuda. Como si la situación de quedarse sola de repente no fuese lo suficientemente difícil, su marido la dejó llena de preguntas sin respuestas tras pegarse un tiro y dejarla en una enorme casa apartada que él mismo supo construir.

Rebecca Hall se carga toda la película y protagoniza gran parte de ésta a solas. Una mujer que decide quedarse sola en esa casa porque siente en realidad que no está sola. Una presencia que no comprende identificar la atrae, le genera curiosidad la idea de que haya “algo”, lo que sea. La actriz interpreta de manera creíble lo que es transitar un duelo de este tipo, repentino y que descoloca. Se la ve más que triste enojada, cargada de contradicciones, por momentos contenidas hasta que explota.

Pero La casa oscura no es una historia de fantasmas o no es solamente eso. En algún momento esos sueños o visiones la arrastran a un costado de la vida de su marido del que era completamente ajena. Esta parte de la historia se puede intuir bastante rápido, con una simple imagen que rememora un poco a Revelaciones (What lies beneath) de Robert Zemeckis, sin embargo no se queda en ese aspecto porque a la larga la historia que quiere contar Bruckner apela a otra cosa, a algo más grande.

La película empieza con algunos pequeños aspectos religiosos en pantalla y si bien no se explora nunca del todo ese costado no hay que olvidarse de que están porque esa búsqueda de quienes se refugian en las diferentes religiones se parecerá mucho a la búsqueda de respuestas de la mujer. Una mujer que cree tener certeza de algo a causa de cierta experiencia previa de su vida y no obstante no puede evitar cuestionarse lo que ve o lo que siente.

Bruckner consigue climas enrarecidos y sugerentes a través de imágenes muy precisas que se alejan de los típicos golpes de efecto. Acá se detiene en varios momentos inquietantes, los explora, juega con la locación, las luces, las sombras, las ilusiones ópticas que se crean. Una escueta nota suicida, la aparición de un cuaderno de dibujo, fotografías de chicas parecidas a Beth, una estatuilla de vudú, libros antiguos sobre ocultismo, elementos que empiezan a dar vuelta y ayudan a acrecentar la idea de algo más. Todo esto sucede mayormente en esa casa donde Beth se aísla y que a veces parece funcionar en otro plano. Ese juego entre el cuerpo y la casa y dos maneras de habitarse me hizo pensar, salvando las distancias, en la novela corta de Ricardo Romero, La habitación del presidente.

Toda esta buena construcción del clima y de la historia deriva en una resolución algo repentina que deja sensaciones encontradas. ¿Qué hay al final de todo? La respuesta quizás sea demoledora.

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